Cuenta la leyenda que Quetzalcóatl, el dios tolteca de la vida, robó las semillas de cacao del paraíso donde vivían los dioses para traerlo a la tierra como regalo a los mortales y así mantener a su pueblo bien alimentado. De esta manera, ellos podrían dedicarse completamente a ser mejores hombres y mejorar sus habilidades en las ciencias y las artes.
Cuando Quetzalcóatl plantó las semillas de cacao en la Tierra, le pidió al dios del agua, Tlaloc, que enviara lluvias para que la planta pudiera alimentarse y crecer. Después, visitó Xochiquétzal, diosa del amor y la belleza, y le pidió que le diera al árbol flores hermosas para su pueblo. Con el tiempo, éste floreció y dio frutos de cacao.
Sin duda Quetzalcóatl no estaba equivocado en que, con las semillas del cacao, tendría bien alimentado a su pueblo. Más tarde, los nativos reconocieron no sólo las importantes propiedades alimenticias, sino también sus beneficios como medicamento –utilizado para prevenir y tratar enfermedades- y sus propiedades afrodisiacas. El cacao se volvió la semilla más importante de las culturas antiguas, incluso en muchas civilizaciones, las bebidas obtenidas a partir de esta planta eran consumidas únicamente por la realeza y los nobles en eventos sociales o rituales religiosos, además de ser utilizada como moneda de cambio, ya que tenía mucho más valor que el oro.







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